Ni fifíes ni chairos en Maratón de Ciudad de México

BALÓN CUADRADO

Por Jesús Yáñez Orozco

Clases sociales hermanadas por el deporte

Amanece tibio: 6:45. Quizá porque es domingo. Huele a hierba fresca. Impregnada de irremediable olor a eucalipto en el campus de la Universidad Nacional Autónoma de México, a un costado del Estadio México 68’, segundo más grande del país, después del Azteca. Trinan pájaros multicolores su sinfonía matinal.  Firmamento bermejo. Encendido por el incipiente sol.

Blancas sábanas nubosas tienden, fugaz, su manto acuoso, teñidas de un leve tono celeste. Un puñado de tenues estrellas aparece efímero aún, prendido del cielo con alfileres invisibles.

Una de las ciudades más pobladas del mundo –más de 20 millones de habitantes– se viste de fiesta. Día emblemático.  Está por comenzar la edición 37 del Maratón de la Ciudad de México. Oficialmente se tenían considerados 30 mil corredores –para realizar los mortíferos 42 kilómetros 195 metros que se metamorfosean en dulce tortura–, aunque se reducen a 25 mil 500.

Al final arrasan los panzer africanos, en ramas femenil y varonil, respectivamente, encabezados por los kenianos Vivian Kiplagat –quien además impone récord– y Duncan Maiyo.  Durante el recorrido son cobijados por unos 200 mil aficionados.

Impetuoso río de cuerpos ansiosos –hombres y mujeres; jóvenes y ancianos– de comenzar el reto de vencerse a sí mismos esperan el disparo de salida. Meses, quizá años, de intensa preparación serán sometidos a un extenuante esfuerzo. Entre dos y cuatro horas. Algunas más.

Aquí, como bofetada involuntaria con guante blanco al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador –quien ha dividido el país en un discurso de odio–, no hay chairos ni fifíes. Pobres y ricos –llamados también, por él, «neoliberales»– se funden en la democratizadora masa. Las clases sociales se solidifican y solidarizan en un sólo deseo: correr.

Un poderoso ¡Goya! –porra de la UNAM—se desgrana cuando se marca, el disparo,  que indica arranque de la competencia. Sordo estruendo de gargantas que retumba las paredes de rectoría de la UNAM y el estadio de CU con el esplendoroso mural de Diego Rivera.

Mientras, ondean banderas tricolores, en manos de los aficionados, con el águila devorando la serpiente sobre un nopal. Parece cansada de esperar el comienzo.

Rápido, en la obligada selfie, abraza al compañero corredor. La llamada telefónica: “nos vemos en el Zócalo”; “te veo en el kilómetro 33”. Para calentar: estiramiento de brazos y piernas. Pega unos cuantos saltos. No queda mucho tiempo. Palpita el corazón. Tren desbocado.

Cuando clarea, frágiles rayos solares lamen el sudor de la piel de cuerpos  graníticos cincelados en largas jornadas de gimnasio o al aire libre. Féminas, vaporosas, dejan estelas con olor a perfume caro: Dolce & Gabana, Carolina Herrera, Channel #5, Chistian Dior…

A lo largo del trayecto, un puñado de atletas corre descalzo. Un indígena –enfundado en calzón y camisa de manta, huaraches de cuero recién estrenados– va envuelto en la bandera nacional. Arranca aplausos. Vítores. Porras. Semeja, involuntario,  a Juan Escutia.

Aquél niño héroe que –según la historia oficial– envuelto en el lábaro patrio, se lanzó de lo alto del castillo de Chapultepec, en 1848, durante la invasión de Estados Unidos. Desoye toda muestra de solidaridad. No desvía la mirada del suelo. Va concentrado en su objetivo: la meta.  Otro porta en la espalda, sobre una playera amarilla la imagen, de la virgen de Guadalupe.

Conglomerado que es una suerte microcosmos social. Donde de atemperan cotidianas frustraciones y un crónico sentimiento de orfandad que se arrastra desde la colonia española.

Un joven, veinteañero con secuelas de polio, hercúleo  muñeco desmadejado, sonríe afable a quienes aplauden su esfuerzo.  A la mitad del trayecto son mayores los abandonos. Algunos son atendidos en puestos de socorro. Sobre todo por ampollas en los pies. Una chica, con esguince en el tobillo izquierdo, literal, aúlla de dolor. Corredores en silla de ruedas gritan: «¡pista!» para que se hagan a un lado quienes los anteceden.

Hay quienes osan enfundarse, sin rubor alguno, en trajes de sus héroes favoritos: Batman, con  tenis Panam, y El Chapulín Colorado, chipote chillón en mano, calza Adidas. Otro con una playera de Superman.

¿Qué da fuerza para, después de que han quemado más de 2 mil 500 calorías, intentar un acto que en ese momento podría catalogarse como osado? El corazón —algunas veces— obliga a hacer deliciosas, inconmensurables, locuras.

La primera prueba es la avenida de los Insurgentes, la más grande del mundo. Apenas el kilómetros 15. Todos se ven aún frescos, mentalizados, con los tenis inmaculados, playeras secas, los pacers (las personas que se cuelgan un letrero que dice el tiempo que tienen planeado realizar) comienzan a marcar el ritmo.

Todo vale. Cada quien se inspira en lo que puede: amor, dolor, pérdida de un ser querido,  romper  la marca personal –esa que se convierte, entre algunos, en obtusa obsesión–,  pensar que el esfuerzo inspirará otros. No hay reglas. La única —si es que existe—: nunca lo dejes de intentar.

La gente se vuelve multitud en cartulinas, música, batucada, más disfraces, mientras más  avanza en la ruta. Algunas personas, sin playera oficial del maratón, se incorporan a la ruta desde el comienzo.

Las marcas patrocinadoras tienen establecidos sus stands. Negocios locales aprovechan el evento para sacar una mesa y ofrecer productos gratis a los corredores.

Extenuados, atletas reciben chocolates, refresco, café, gomitas, paletas, barritas de amaranto, pizzas, tacos, incluso caguamas; rodajas de naranja. Nadie quedará, si la necesita, sin una golosina a lo largo del camino.

Después del kilómetro 30 empiezan tragedias. Son más los abandonos. Parece ser el dintel de la resistencia. Algunas personas, agotadas, sólo caminan. Otras, tiradas sobre la acera o el césped, tratan de controlar los nefandos, irremediables, calambres.

Por fin la ansiada meta está más cerca. Más cuando uno de los pelotones da vuelta en la calle de República de El Salvador, parte del  corazón centro histórico de la ciudad.

Queda sólo por tomar 20 de noviembre. Último suspiro que acaricia la gloria deportiva.  Y todo habrá acabado. El corazón se acelera. La adrenalina está a tope. Entran al cuadrángulo de la plancha del Zócalo, frente a Palacio Nacional, donde despacha AMLO.

Al fin cruzan la meta. Algunos se santiguan. Algunos levantan los brazos al cielo en una plegaria fugaz.

Por fin, ni chairos ni fifíes.

Y, sí, bofetada deportiva al presidente López.

(Con información del diario El Economista)

 

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