Violencia e impunidad

Por Moisés Sánchez Limón

Imagine usted a esa jovencita que se despertó un día de esos en los que se protestaría contra, digamos, los misóginos; o porque se han cumplido cinco años y no aparecen los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, o porque hay que exigir la despenalización del aborto en todo el país.

Imagine usted a esa jovencita que ha sido cooptada por individuos que alquilan a grupos violentos para desvirtuar una de esas marchas.

Clásico: ¿de parte de quién? De quién es la mano que mece la cuna en la vorágine de la violencia urbana que luego se replica sin rubor, con el respeto perdido por la autoridad que está obligada a admitir golpes, escupitajos, insultos e incluso intentos de homicidio porque, si responde, puede ser acusada de represiva.

¿Paz y amor? ¿Fuchi?

Imagine usted a esa jovencita que se enfunda en las pantimedias negras y el pantalón corto color negro y se enfunda en playera negra con la A de anarquista en el pecho y la sudadera negra de capucha y el paliacate o la pañoleta negra para ocultar su rostro.

Imagine usted a esa jovencita que acude al sitio de reunión para atender la convocatoria del individuo que por unos pesos y quizá una línea o una grapa o la oferta del reventón con la banda, ha sumado a jóvenes dispuestos a partirse la madre y negar cualquier vínculo que identifique al zar de los sedicentes anarcos que cobra miles y favores políticos por sus servicios encaminados a desvirtuar marchas, reventar mítines o distorsionar manifestaciones con el único objetivo de infundir miedo.

Qué de esa jovencita que con pintura de aerosol en ristre manipula un lanzallamas que es, en la práctica, un arma mortal.

Qué de esa jovencita que no tuvo fiesta de quince años porque a esa edad sus brothers del barrio le festejaron con tamaña borrachera en la que perdió la virginidad y la capacidad de asombro porque fue invitada robar a transeúntes, desvalijar automóviles y trasegar tachas y…

No, no se asombre ni asuma la elemental postura que descalifica a quienes despellejamos a ese sector de niñas que apenas asoman a la adolescencia y las vio usted, sí, usted, rompiéndole la madre a comercios, puertas de vidrio templado, que incendiaron al portón principal de la sede de la Cámara de Comercio de la Ciudad de México, en pleno Paseo de la Reforma, y nadie hizo nada por detenerla junto con las otras jovencitas que, igual, el sábado despertaron con la convicción de que cumplirían el cometido de reventar una marcha pacífica o de plano desvirtuar su objetivo porque ella como ellas ha perdido la capacidad de asombro.

No, no se alce feminista y alma caritativa ni asuma acto de contrición porque se trata de, califican, almas descarriadas, jovencitas que son víctimas de la pobreza y de familias rotas, hijas de padres alcohólicos y madres de infame corazón que les importó un bledo echarlas a las calles, que dejaron de importarles porque así es esto de vivir en la pobreza…

¿Dígame a cuántas jovencitas vio usted en las tres recientes marchas que vandalizaron todo a su paso, todo?

Imagínese frente a ellas, dispuestas a todo, porque para eso fueron contratadas. Porque de anarquistas, paráfrasis de mi amigo Paco Gómez Maza, tienen lo que yo de físico nuclear.

Dejemos de lado esa falsa postura de almas caritativas o defensoras de los derechos humanos y que se aplique la ley, simple y sencillamente. Que estos políticos de cuarta dejen de andar en campaña y dispongan que la fuerza pública detenga, conste, detenga no reprima a esas bandas de sedicentes anarquistas que sirven a un amo, que responden a una necesidad de oscuros intereses políticos.

Esas escenas no son nuevas y, por tanto, tienen un entramado de impunidad que ofende al sentido común. ¿Por qué no hay detenidos?

Veamos. Cuando el 1 de diciembre de 2012 individuos embozados y ultra radicales pusieron a prueba el nivel de tolerancia del naciente gobierno de Enrique Peña Nieto, con una ola violenta que cobró algunas víctimas supuestamente agredidas por policías federales y antimotines, se apisonó el terreno de la impunidad frente al sello violento que una y otra vez provocó a la fuerza pública federal y local de la Ciudad de México.

Tanto Enrique Peña Nieto como Miguel Ángel Mancera evitaron dar la orden de contener y detener a esos personajes que se autodenominaron anarquistas, jóvenes llegados de lugares varios de la capital del país y del Estado de México.

En aquellos días de diciembre de 2012 hubo algunos detenidos pero más tardaron en ser presentados ante el Ministerio Público que en salir libres por falta de pruebas o ausencia de denunciantes.

Hubo individuos que pisaron el reclusorio pero, el entonces grupo mayoritario del PRD en aquella Asamblea Legislativa del Distrito Federal operó de forma tal que reformó al Código Penal y reclasificó los delitos que implicaban prisión por daños en inmuebles públicos y privados, daño en propiedad ajena, robo y  perturbar el orden público.

Por supuesto, aquellos que fueron liberados tuvieron recepción casi de héroes de parte de sus cómplices y se burlaron de la autoridad, le mentaron la madre al sistema y de ahí en adelante las imágenes de la barbarie, de jóvenes encapuchados que rompen ventanales e irrumpen en locales como hooligans dedicados al robo impune, trascendieron al Distrito Federal y se volvieron recurrentes en el interior del país.

Guerrero es un ejemplo de esa impunidad, incluso del grado de homicidio, en el que transitan estos grupos del magisterio disidente y otro no tanto, estos personajes que se presume son maestros, hombres y mujeres educados para educar, pero que entran en una especie de frenesí contestatario y bárbaro y rompen lo que encuentran a su paso, destruyen y queman archivos, desmadran oficinas y pisotean computadoras, equipo de oficina como si con ello desahogaran frustraciones personales.

¿De qué tamaño son los intereses que mueven a estos vándalos? ¿En serio no los identifican? De continuar este tipo de actividades delictivas cobijadas por la impunidad, entonces los adalides de la democracia y el yo respeto deben ser acusados de omisión y complicidad. Conste.

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