El “radicalismo revolucionario” aniquiló la figura de Iturbide: Reed

Lecturas con pátina

Por José Antonio Aspiros Villagómez

En recuerdo de mis colegas muertos hace 50 años

(25-I-1970) en un accidente aéreo

(del que me salvé) en Poza Rica, Veracruz

         Tras la ejecución de Maximiliano de Habsburgo en 1867, se registró en México un “acendrado republicanismo” y “fue decayendo paulatinamente la memoria de (Agustín de) Iturbide en el discurso cívico-histórico”, reconoce el historiador Luis Reed Torres en su libro El libertador sin patria, dedicado al efímero primer emperador.

El autor dedica pocas, pero sustanciosas páginas de su obra, a documentar y reseñar cómo, después de que Iturbide tuvo tantos reconocimientos en el siglo XIX, en el XX terminó por ser expulsado del Himno Nacional, de la Cámara de Diputados donde estaba su nombre con letras de oro, y de la historia misma de México.

A su juicio, “el radicalismo revolucionario explotó en toda su furia contra el nombre y la memoria del Libertador. Y de ahí a la fecha”.

Señala que, en 1921 -año del centenario de la Consumación de la Independencia-, como rector de la Universidad Nacional de México José Vasconcelos ordenó el cese de un profesor que habló ante el presidente Álvaro Obregón a favor de Iturbide, y prohibió que en esa casa de estudios se predicaran ideas contrarias a las “teorías republicanas”.

Por su parte, después de ardientes debates la Cámara de Diputados aprobó quitar de sus muros el nombre de Iturbide, a propuesta de Antonio Díaz Soto y Gama secundado por los legisladores Octavio Paz (padre del poeta), Carlos Riva Palacio, Manlio Fabio Altamirano, José Guadalupe Zuno, José Siurob y otros. Luis Reed transcribe del Diario de los Debates de la Cámara de Diputados, fragmentos de los discursos a favor y en contra de esa acción, así como las reacciones que hubo en la prensa.

Un paréntesis para recordar que en 1824, a su regreso a México después de su autoexilio, Iturbide fue asesinado por fusileros en Padilla, Tamaulipas (el Congreso lo había declarado “traidor” por el simple hecho de que volviera a pisar suelo mexicano, según texto del decreto reproducido por Reed), y en 1838 el presidente conservador Anastasio Bustamante trasladó sus cenizas a la capital mexicana.

Bustamante también pidió que, a su muerte -ocurrida en 1853-, su corazón descansara junto a los restos de Iturbide y allí están ambos, desde entonces, en la catedral metropolitana. Ese gobernante fue también quien dispuso descolgar de la Alhóndiga de Granaditas las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, pero en cambio se pronunció contra el presidente Vicente Guerrero y después ordenó su fusilamiento, con lo cual se desprestigió, según nos lo recuerda por su parte el historiador Luis Salmerón.

Luis Reed Torres concluye su libro El libertador sin patria (Publicaciones Doble EE, primera edición, 2017) con la cita de un vaticinio hecho en 1910 por el polemista Francisco Bulnes sobre cuándo, “en plenitud de su cultura”, los mexicanos darán su sitio en la Historia a Agustín de Iturbide, quien “bien puede esperar” hasta entonces, ya que “los muertos no se cansan de reposar en sus tumbas”.

Tal vez se cumpla o no ese augurio, o se adelante la fecha pero, al margen de las sucesivas escuelas historicistas científicas como la de Ranke, el positivismo (Comte), el materialismo (Marx) o el posmodernismo, nadie negará que los personajes de la Historia -tanto de los grupos triunfadores como de los perdedores- han sido tomados como bandera por diversas corrientes ideológicas a través del tiempo.

Benito Juárez lo es para la masonería, Vicente Guerrero para los liberales, Agustín de Iturbide para los conservadores, Porfirio Díaz para los burgueses, Lázaro Cárdenas para viejos revolucionarios, Cuauhtémoc para los indigenistas, y hasta Cristóbal Colón, Hernán Cortés y Maximiliano de Habsburgo tienen detractores y admiradores. La imagen institucional de la Cuarta Transformación también ostenta a cinco próceres (Morelos, Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas) y recibió varias críticas por ello, como las hubo en el sexenio de Vicente Fox cuando optó por mutilar el águila del escudo nacional.

La Historia, así, no puede ser un elemento que nos aglutine y, por eso, aun cuando los historiadores también tienen sus simpatías y antipatías, es importante su trabajo inclusive en su sentido más antiguo, el de la averiguación de lo que realmente sucedió, pero ahora con un sentido de ciencia social, cualquiera que sea la escuela predominante.

Es deseable que Iturbide y cualquier otra figura satanizada o sobredimensionada, ocupe su sitio justo en la historia patria de una forma natural, como sucede -si bien en sus propios contextos- con el emperador Napoleón en la republicana Francia o con el dictador Juan Manuel de Rosas en la democrática Argentina, para no dejar a los personajes que pueden confrontarnos, en manos de banderías ideológicas a veces peligrosas.

 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *